
MEDITACIÓN
La "Soledad Acompañada" de los
Ejercicios Espirituales y el
Propósito de Nuestras Vidas
Con los Ejercicios Espirituales de Semana Santa, Dios pone en nuestro camino unos días de "soledad acompañada" precisamente para que saquemos tiempo para estar con Él. Es en esta "soledad" donde le damos a Él, y por lo tanto, nos damos nosotros mismos, la oportunidad de lograr momentos de reflexión y crecimiento que cotidianamente nos niegan las circunstancias de la vida.
Hay dos palabras en inglés que expresan unos conceptos sobre la soledad que son muy apropiados para ilustrar dos diferentes tipos de soledad: "loneliness" y "solitude".
La primera, "loneliness" es una soledad vacía, donde muy difícilmente se puede lograr nada que signifique remotamente algún crecimiento humano o espiritual. Es una soledad que viene, a la deriva, de un alma vacía, sin norte ni rumbo, sin sentido de propósito ni proyecto coherente de vida. Posiblemente producto de una valoración de orden estrictamente material, y que como todo lo material, está circunscrito a ese ordenamiento, y, por lo tanto, en total desfase con la creación infinita del ser humano. Es una soledad que lleva al ser humano a solo existir, como esos edificios vacíos y viejos, que solo esperan, sin razón de existir, a que los derrumben para darle paso a otra cosa.
La segunda, sin embargo, "solitude", es la soledad que nos permite, sosegadamente, con paz y en tranquilidad, examinarnos a nosotros mismos, llevar a cabo un proceso interior de discernimiento, no solo en el aspecto personal, sino en todos los aspectos de la vida. Siendo el más importante, naturalmente, porque cubre todos los aspectos básicos del ser humano, el del alma, del espíritu. Esa es la soledad que buscan los sabios. Esa es la soledad en la cual se refugiaba Jesús.
Esa segunda soledad es la que debemos procurar siempre. En todo momento de nuestras vidas. Esa es la soledad que nos da rumbo, que propende a desarrollar el potencial humano que Dios nos propone en su proyecto de vida individual para cada uno de nosotros. Nos da "peso" espiritual y forja nuestro ser.
Cuantas veces en nuestra vida cotidiana, con todos los deberes, con todas las agendas, complicaciones y quehaceres diarios, nos encontramos diciéndonos: "Si yo tuviera tiempo..." ó "Que pena que no pude dedicarle más tiempo...", ó " Vino la oportunidad y por falta de tiempo..."
Que penoso resulta pensar sobre la posibilidad real que tenemos de pasar por la vida "sin tiempo...".
Tiempo para las cosas que son verdaderamente importantes. Tiempo de reflexión personal, tiempo de discernimiento crítico, tiempo para descargar la responsabilidad paternal (como diría el angloparlante "quality time") con los hijos, la familia, queridos y buenos amigos del alma, que deberían ser objeto de nuestro más preciado empeño, y que muchas veces, los relegamos a viajes, o "week end largos", que son en realidad excursiones turísticas vacías de contenido afectivo y de crecimiento en el amor filial. "Week-ends largos", que substituyen, muy defectuosamente, el tiempo de crecimiento interno y cohesivo del núcleo familiar, que tanta falta hace, que tanto bien hacen y que tanto fruto rinden.
Ahí estriba la importancia de ese tiempo que le dedicamos a la "soledad acompañada", donde en el silencio interior de nuestro espíritu, Dios nos habla y nos regala, como Padre amantísimo el "quality time" necesario para nuestro crecimiento integral. Ese crecimiento integral que se manifestará en todas y cada una de las faces de nuestra vida. Desde proveernos con el "peso" espiritual necesario para darle estabilidad a nuestra acción apostólica, a los enfoques cotidianos que tanto efecto tienen en nuestros seres queridos, nuestros compañeros de trabajo y nuestras comunidades, a brindarnos la paz y la tranquilidad que nos sirven de refugio en las tempestades que en ocasiones nos presenta la vida diaria.
Esa "soledad acompañada", ese silencio productivo, al cual todos debemos aspirar como cuestión de hábito, costumbre y práctica, nos pone en perspectiva, enfoca nuestra existencia, y, naturalmente, matiza nuestra realidad y nuestra vivencia en el orden humano.
Desde la perspectiva de la soledad vacía, el tiempo se nos hace "sal y agua". Nos sobra en momentos, pero nos falta, sin misericordia, en otros. Se nos escapan, para siempre y por siempre, valiosos momentos de franca camaradería familiar, de diálogo, concreto, divertido y productivo con nuestras familias. Se van, como efímeros espejismos, conversaciones con nuestros compañeros de trabajo o empleados, momentos de intercambio humano que de darse en otro contexto, nos ayudarían a todos en nuestro crecimiento humano y espiritual.
Solo nos queda preguntarnos, pues, ¿cómo logramos cambiar estos esquemas? ¿Cómo logramos hacer el "trueque" entre el vacío de una soledad que le quita la razón de ser a nuestras vidas, y lo substituimos por la "soledad acompañada" que nos llena de profunda alegría y le da rumbo, sentido y propósito a nuestra existencia.
Busquemos orientación en las siguientes preguntas:
¿Cómo uso mi tiempo, mis 365 días del año?
¿Sáco tiempo suficiente para mi "mantenimiento" espiritual?
¿Cuál es el valor supremo de mi vida?
¿Qué quiere Dios de mi?
En esta búsqueda contínua de la "soledad sabia", debemos poner particular atención al fin primordial del ser humano; la salvación en la vida después de la muerte. No debemos, sin embargo, poner la salvación escatológica como única y sola finalidad. Sería un contrasentido pensar en la vida después de la muerte como el único fin de nuestra existencia. Después de todo, Dios no nos necesita a su lado, más bien, somos nosotros los que, como recompensa a hacer Su voluntad, ayudar a nuestros hermanos, en todo amar y servir, nos ganamos el privilegio de estar a su lado.
El enfoque central, la orientación vital, deber ser por lo tanto, lograr ser participes de la alegría, aquí, ahora, del sacrificio de Cristo, de las enseñanzas de Cristo.
El Cristiano, que vive ahora, según las leyes, deseos, ejemplo y enseñanzas de Cristo, necesariamente es un hombre feliz.
Y esa felicidad del hombre, fue, y es, el propósito de Dios. De la misma manera y forma, que fue y es el afán, el anhelo, el hambre y la sed de Cristo. Que por nuestra felicidad fundió su vida.
La oportunidad del encuentro personal con Dios en la "soledad acompañada" de los Ejercicios Espirituales se nos presenta, nuevamente, en forma de dos tandas, una en febrero y la otra durante Semana Santa.
¿Como vamos a responder?
Meditemos sobre esto.
Si te interesa asistir a alguna de las dos tandas desde aquí nos puedes escribir
EJERCICIOS ESPIRITUALES SEMANA SANTA

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