
Reestructurar la Vida Sobre la Vigencia de los
Ejercicios Espirituales
Por Padre Norberto Alcover Ibañez, S.J.
Estas líneas se remiten de manera muy especial a Segundo Montes, Ignacio Ellacuría, Joaquin López y López, Ignacio Martín-Baró, Juan Ramón Moreno y Armando López, jesuítas, quienes, con su muerte, dan testimonio inequívoco de la capacidad configuradora creyente de los Ejercicios de Ignacio. Para ellos, mi inexpresable gratitud y admiración.
--- Este año que acaba acontece el 450 aniversario de la fundación de la Compañía de Jesús, y el próximo, se celebrará el quinto centenario del nacimiento de Ignacio de Loyola, su fundador, en las verdeantes tierras vascas. Nos encontramos, por lo tanto, ante dos citas relevantes con la historia de los jesuítas. que los definen en su mismísima esencialidad.
Buenos meses, pienso, para que los jesuítas, después del fortísimo zarandeo que les ha supuesto la profética presencia del ya consumido Pedro Arrupe y sus conocidas tensiones con el Vaticano, resueltas en prudente silencio y meditada obediencia, se interroguen con sincera libertad sobre sus futuros caminos para dar cumplida respuesta a su original vocación. Pero también, excelente momento para poder conocerles más y mejor, sin falaces ocultamientos por su parte y determinaciones apriorísticas por parte ajena. Buen momento, en fin, para que su verdad se ponga sobre el monte.
Centralidad de los Ejercicios Espirituales
En este contexto, me parece que valdrá la pena recordar que tanto Ignacio como la Compañía primitiva tuvieron muy presente una idea matriz: el carisma de los jesuítas se encierra de manera específica en el texto ignaciano por excelencia, los Ejercicios Espirituales, que tantos y tantas creyentes han realizado, mejor o peor, a lo largo de su vida, hasta convertirse en uno de los ineludibles tópicos de la espiritualidad cristiana desde el siglo XVI, en que se redactaron. Captar el significado último de los Ejercicios significa hacerse con la médula de los jesuítas, poderles comprender mejor y, también, ser capaces de criticarles (lo que siempre es bueno) con mayor conocimiento de causa. En esta cuestión coinciden las diversas escuelas de interpretación ignaciana aparecidas a lo largo de la historia de la orden: decir jesuita es decir Ejercicios Espirituales. Aunque para algunos pueda resultar un tanto extraño, dado el mal recuerdo que puedan tener de negativas experiencias...
Por todo ello, es del todo punto correcto preguntarse por la vigencia de los Ejercicios en nuestro momento histórico, sabiendo que tal cuestión implica la otra correspondiente sobre la vigencia de la misma Compañía de Jesús y de los jesuítas .
Ejercicios para reestructurar la vida
Ignacio de Loyola nos cuenta en su Autobiografía que decidió poner por escrito aquellas cosas que le habían ido sucediendo en su complejo proceso espiritual (y, por lo tanto, humano), en la medida que pudieran serles de utilidad a otras personas para realizar su propio proceso (1). Los Ejercicios no son, pues, en su origen y desde esta perspectiva, el producto de una fría elucubración, antes bien la traducción escrita de una radical y prolongada «experiencia personal».
¿Y qué le sucedió a Ignacio? Sencillamente, a partir del traumático accidente de Pamplona, que rompe el universo de sus perseguidas ambiciones cortesanas y militares y le enfrenta con el misterio de Dios, nuestro hombre comienza un azaroso peregrinaje, exterior e interior, buscando afanosamente "reestructurar la vida", después que haya "purificado sus pasiones desordenadas". En lo dicho, que es muy breve, se encierra todo el mundo ignaciano y de los Ejercicios. Me explico:
Los Ejercicios Espirituales pretenden en último término que una persona consciente del rompimiento de su vida por haberla colocado en la mentira del pecado del mundo (en sentido joánico) la vaya reorganizando en su totalidad mediante una serie de libres elecciones al contacto con la persona del Jesucristo actual, recuperando así la plenitud que concede cumplir la voluntad paternal de Dios, manifestada precisamente en el Evangelio de Jesús de Nazaret. El ejercitante, en consecuencia, experimentará el dolor gozoso que conlleva transitar desde un rompimiento traumático a una reestructuración objetivadora a través de los diversos elementos de la metodología ignaciana, especialmente el permanente «discernimiento», o «análisis evangélico de la realidad para decidirse según desea Dios». Dolor gozoso (pascual siempre) que jamás debiera resultar fruto de un voluntarismo pelagiano antes bien consentáneo con la convicción de que «todo es gracia», y, por tanto, uno se deja llevar en esperanza de esa misma gracia, que es la manifestación paternal de Dios en Jesucristo por el Espíritu.
Importa, pues, destacar antes de pasar adelante algo de extrema importancia deducido de lo anterior. La oración en los Ejercicios es «instrumental», en la medida que se pone al servicio de la reestructuración indicada, para desde ella conectar con la persona actual de Jesucristo. Por este motivo será siempre una «oración discerniente»: el ejercitante, desde el Jesucristo contemplado y asumido, elige lo más conveniente para vivir de una forma concreta las distintas dimensiones de su propia existencia. De esta manera los Ejercicios son una auténtica «escuela de oración», pero con la finalidad explícita de formar «personas reestructuradas en un permanente discernimiento desde las relaciones con la persona de Jesucristo». Unos Ejercicios donde la oración no conduzca a replantearse la vida y a cambiarla en la medida que proceda (y toda vida pide modificaciones sucesivas), desde mi punto de vista, no son auténticos Ejercicios ignacianos. Entonces mejor será, por honradez y para evitar pésimas confuciones, denominar la experiencia propuesta de otra forma.
La purificación de los afectos
Ignacio de Loyola experimentó algo que después muchos jesuítas olvidaron para dejarse caer en manos de equivocados ascetismos, especialmente al dirigir o acompañar el proceso de los Ejercicios. Precisamente porque Ignacio había vivido con aguda intensidad pasional los primeros treinta años de su vida, en la Corte y en la milicia, sabía que la existencia humana depende prioritariamente de los ,«afectos» mucho más que de los «pensamientos». Por ello mismo, según indicábamos, la «reestructuración de la vida» correrá paralela a la «purificación de las pasiones desordenadas». En otras palabras, seremos capaces de entrar por los caminos de una auténtica transformación creyente en la medida que enderecemos, según la dinámica de una fecunda relación con Jesucristo, el complejo y completo universo de nuestros afectos más hondos, pero también más cotidianos: la reestructuración pasa por establecer una afectividad cristocéntrica. Me inclino a pensar que en esta materia radica la originalidad sorprendente de Ignacio como «maestro espiritual», lo que nos obliga a varias reflexiones de enorme importancia que podrán resultar un tanto sorpresivas.
En primer lugar, se debería recuperar para la experiencia de los Ejercicios el protagonismo de la afectividad como ámbito personal donde alzar, por lo menos en un primer momento, el equilibrado edificio de toda la vida creyente (más tarde será cuestión de enfrentarse con elementos de naturaleza mucho más intelectual y discursiva, también necesarios, como es lógico). El ejercitante debe tomar en sus manos su realidad pasional sin miedo alguno y apoyándose en la fraternidad del acompañante (factor clave para Ignacio), de forma que esa afectividad resulte conocida, discernida y enderezada desde la tan repetida relación de un amor personal e interpelante con los «misterios de la vida de Cristo», según afirmará Ignacio. De manera que sus afectos lleguen a ser, con absoluta espontaneidad, los afectos del Jesucristo evangélico que amaba, sentía, reía, sufría y el largo etcétera de su pasionalidad humana, tantas veces miedósamente, marginada. Los Ejercicios de verdad constituyen una de las más poderosa reinvidicaciones de los afectos humano como determinantes de la vida toda. Me limito aquí a recordar los destrozos que durante años se hayan podido causar en la psicología de muchas personas precisamente por una equivocada interpretación de esta materia.
Y en segundo lugar, más allá de los Ejercicios, la auténtica espiritualidad ignaciana enseña que la vida humana tan profundamente pasional y afectiva que, por mucho que nos sorprenda, los creyentes tenemos la ineludible obligación de potenciar esta dimensión de nosotros mismos desde un adecuado discernimiento que nos libre de falsas e inútiles castraciones, solamente conducentes a desgraciadas patologías que saltan a la vista. Y me remito, como punto referencial cuasi místico, al hondísimo contenido de la «Contemplación para alcanzar amor», donde los Ejercicios, en su recta final camino de la vida cotidiana, nos invitan a existir desde el amor y para amor. Es en este contexto donde surge el célebre «Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad...», que es oración de amor consumado en una entrega de la propia afectividad pasional a la persona del Señor y, desde ella, a toda persona con quien nos crucemos, transformando así nuestro completo entorno social. Y es que la auténtica experiencia mística siempre concluye en comprometida acción. De lo contrario es un camuflaje para evitar vivir sin más (2).
Reestructurarse es la consecuencia inevitable de una discernida purificación de los afectos al contacto con la persona de Jesucristo para proceder como él procedió y así convertirnos en agentes de un evangélico cambio histórico. Una vez sumergidos en esta dinámica de «amor depurado», y recogiendo la conocida frase de Agustín, haga cada uno lo que quiera, porque cuanto haga, sin lugar a dudas, traslucirá esa misteriosa voluntad de Dios, escondida en los entresijos del diario acontecer y aparecida a lo largo del proceso propuesto. Los Ejercicios, digámoslo sin rodeos, son fuente de libertad para todo aquel que los realiza en serio. Y si no conducen a la plenura de la libertad, antes acomplejan en una cerrazón medrosa ante Dios; serán lo que serán, pero nunca los que quiso Ignacio de Loyola.
Para gente de hoy
Que vivimos una época definida en las parcialidades y en los fragmentos es de todos conocido. Esta situación, provocada por el derrumbe de las grandes cosmovisiones tradicionales que no han dado el resultado esperado, se explica, pero no deberíamos ocultarnos su soterrada peligrosidad. Porque son muchas las personas creyentes de todo tipo que padecen el traumatismo de una honda dislocación interior que está pidiendo a gritos algún tipo de reestructuración para que su vida no se diluya en el alucinante devenir del devenir continuado. Rechazamos ordenar, organizar, reestructurar cuanto somos y tenemos y proyectamos, pero tal rechazo se convierte en dolorosa penumbra, hasta que acaba por ocultársenos el horizonte referencial de nuestro futuro. Puede que los Ejercicios de Ignacio sean de alguna utilidad en tal situación, salvo que se prefiera permanecer en la indecisión como principio.
Y es que, además, atravesamos un momento histórico presidido por el protagonismo de la afectividad más incontenida, como es obvio. Gracias a Dios, hemos echado por la borda de la vida aquel insufrible peso de tantas racionalidades gratuitas y encorsetadoras, que solamente conducían a situaciones de apesadumbrada frustración. Pero ahora, de golpe, nos encontramos con un montón de afectos en las manos... sin apenas criterios de funcionalidad humanística y creyente. Y corremos el evidente peligro de desvirtuarlos desde la superficialidad o, paradójicamente, de negarlos ante el pánico de su propia presencia, retornando a actitudes que parecían caducadas, y, sin embargo, vemos retornar con orgullosa fuerza. Puede que los Ejercicios de Ignacio sean de alguna utilidad en tal coyuntura, a no ser que prefiramos mantener situaciones afectivas incontroladas y, por ello mismo, abocadas a...
Cuando el hombre y la mujer creyentes de hoy entran por los caminos comprometedores de los auténticos Ejercicios Espirituales tal vez alcancen a comprender, como ya decía, la fascinante provocación de libertad que conllevan, permitiéndoles desarrollar el bellísimo potencial de su propia libertad. Porque cuando se han depurado los afectos desde Jesucristo y vemos crecer nuestra vida a lo largo de una discernida reestructuración, entonces caemos en la cuenta, puede que con gozosa sorpresa, de que Ignacio no significa dominación, sino liberación; no implica sumisión, antes decisión, y, sobre todo, nunca coarta nuestra personalidad, porque la conduce hasta una actitud vital tan preñada de posibilidades que, misteriosamente, caemos en la feliz trampa del amor responsable por discernido. Creo que no es poca cosa que ofrecer a la historia de hoy, siempre que la oferta sea estrictamente fiel, con las necesarias adecuaciones, según las personas, a su naturaleza original.
Todo lo anterior he intentado que determinara/estuviera presente de manera decisiva en el libro que desde hace pocas semanas ha comenzado su inevitable aventura en las librerías españolas: «Reestructurar la vida. Materiales para Ejercicios ignacianos» (3). En sus páginas ofrezco la posibilidad de realizar la experiencia de los Ejercicios siguiendo el proceso de la Historia de la Salvación, pero dinamizado desde dentro por las grandes intuiciones ignacianas aquí expuestas y otras más concretas. Remito, pues, al lector de estas líneas a esas páginas.
¡Porque reestructurar la vida vale la pena!
-----
(I) Ignacio narró al padre González de Cámara los principales acontecimientos de su vida a partir de la herida de Pamplona, cuando el santo ya era superior general de la Compañía. Esta auténtica autobiografía es documento privilegiado para conocer la completa personalidad de Ignacio. La referencia a los Ejercicios aparece en el número 99.
(2) La «Contemplación para alcanzar amor» se desarrolla desde el número 230 al 237 del libro de los Ejercicios, y el «Tomad, Señor, y recibid...» se encuentra en el 234.
(3) ALCOVER IBAÑEZ, NORBERTO. Reestructurar la vida. Materiales para Ejercicios ignacianos. Ediciones Paulinas. Madrid, 1989.
Los Ejercicios ignacianos no son el producto de una fría elucubración, sino la traducción escrita de una radical «experiencia personal»


