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1 - Comentarios sobre los Ejercicios Espirituales
2 - Texto Original de San Ignacio de los Ejercicios (En construcción)
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Comentarios sobre los Ejercicios Espirituales
Por Jorge L. Beléndez
Vale la pena, para delinear mejor nuestra relación/intimidad con el Padre, preguntarse; ¿porqué hacer Ejercicios Espirituales? Al buscar la respuesta, nos asomamos a definir mejor nuestra relación con Dios, y así, ir entendiéndonos, y al entendernos, mejorar nuestro cristianismo cotidiano, que no es otra cosa que mejorar nuestra entrega.
¿Porqué los Ejercicios? Los Ejercicios Espirituales son producto de una vivencia personal de Ignacio de Loyola, que facilitan y permiten profundizar sobre nuestra relación con Dios. Originalmente, Ignacio escribió una serie de anotaciones, que tuvieron su origen en el profundo cambio interior de actitudes experimentado por él en Loyola, su cuna, y que posteriormente, escribió para el beneficio de otros. Es significativo puntualizar que la contribución de Ignacio (los Ejercicios Espirituales) se lleva a cabo como laico, pues pasarían varios años antes de su ordenación como sacerdote. Reflejan, por lo tanto, la realidad de Ignacio, y son, inevitablemente, un encuentro con uno mismo y en uno con Dios.
Para realizarnos como seres humanos, tenemos necesariamente que entrar en un proceso de "ordenar la vida" como muy sabiamente nos indica el santo. Son por lo tanto, los Ejercicios, un método de orar, de discernir, meditar y reflexionar sobre cosas del alma, tan necesarios como para el cuerpo es el ejercicio físico. De suerte que resulta deseable llevar a cabo este proceso de "aeróbicos" espirituales, donde lo que se pretende es, libremente, lograr reorganizar nuestras vidas de manera que se facilite crecer en nuestra relación con el Creador. Se podría decir, por lo tanto, que los Ejercicios son el conocimiento (fe) que tenemos (obtenemos) como resultado del amor de Dios que se revela a la humanidad por medio de su hijo Jesús.
¿Porqué todos los años? La complejidad del tiempo en que vivimos, la rapidez con que pasa el presente, nuestra continua aceleración existencial, puntualizada por la tecnología; informática desenfrenada, fax, teléfonos celulares, "beepers", computadoras que compilan data a velocidades que desafían el entendimiento, televisores con "remote control" que nos bombardean con más información de la que podemos humanamente entender y que además, reducen nuestro radio de atención a un mínimo, convirtiendo nuestra concentración en una de carácter infantil, presentan un cuadro patético y una inevitable dificultad para llevar a cabo un verdadero y vital proceso de discernimiento espiritual.
Discernimiento espiritual mediante el cual percibimos diferencias que existen en nuestras vidas; entre nuestro sentir y nuestro obrar. Y es que, con gran facilidad, en el trajín diario, la brecha entre lo que queremos y lo que hacemos se hace más grande. Todo esto crea un zigzag espantoso en nuestro estado de ánimo. Parecido a lo que San Ignacio llamó «consolación» y «desolación»; momentos en el estado de ánimo, producto del discernimiento real la primera, y de la distancia entre el creado y el creador la otra.
Tres o cuatro días, resultan poco tiempo para llevar a cabo un verdadero y fructífero ejercicio. De hecho, San Ignacio nos indica que duran «...buscando las cosas según la materia subiecta; pero poco más o menos se acabarán en treinta días» .
Hay mucho material que cubrir si verdaderamente buscamos reconciliar nuestras vidas con el propósito de nuestras intenciones. Lograr esta reconciliación entre lo conceptual y lo práctico, entre lo que quisiéramos y lo que logramos, entre lo que debe ser y lo que es, resulta en la finalidad del ejercitante. Lograr revalorizar nuestras vidas, contemplando la de Jesús y así buscar la manera de lograr vivir SU vida en la nuestra, es el objetivo final de los Ejercicios. De ahí que resulten pocos los días, y en grata anticipación, se convierta la fecha separada cada año en una dulce ocasión de mirarse por dentro buscando al Jesús que vive en nosotros. Porque nos demos cuenta o no, fuimos creados para eso.
¿Porqué en silencio? Dicen que en el silencio de los Ejercicios Dios le habla al corazón. No es que oír a Dios dependa del silencio. No hay duda que podemos encontrar a Dios en el tumulto, pero, al buscarlo dentro de nosotros mismos, al ponernos en sintonía con el proceso de verdadero discernimiento espiritual, tenemos que hacerlo sin las distracciones que representa la ausencia del silencio.
En los Ejercicios, el silencio se convierte en parte integral de la búsqueda, y nos permite rescatar hilos de gran valor, aún después de las interrupciones normales como las comidas o el descanso. En ese valioso rescate, que depende del delicado balance entre las distracciones y el silencio, fácilmente se malogra el agradable clima, si alguien, con la mejor buena fe, interrumpe el silencio.
La biblia nos ilustra sobre esto cuando nos relata como Jesús al llegar al Monte de los Olivos, «Se apartó de ellos (los discípulos) como tiro de piedra y ... oraba» . Es claro el objetivo, la oración, piedra angular del cristiano, y por lo tanto de los EE, la lleva a cabo Jesús, en soledad, en silencio.
Pretendemos, ante todo, poner en orden, en equilibrio, nuestra realidad existencial. Pretendemos eliminar el desfase en nuestras vidas, conseguir el rumbo y al revalorizar nuestra realidad, lograr la paz que nos prometió Jesús...
¿Lo lograremos? ¡Seguro que sí! ¡Indudablemente que sí! El supremo amor de Dios hacia nosotros, realizado en Jesús, nos separa y nos reserva la paz y la vibrante alegría que siente Jesús resucitado, cuando, ya totalmente liberado, nos restaura el privilegío de poder gozar SU libertad.
Esa es la herencia que nos dejó Jesús. Una herecia «celeste» donde, en Jesús, imagen del hombre que Dios determinó desde la primera creación, restituye el derecho del hombre a la gloria que perdimos. Herencia y propósito muy especial, con el amor que solo puede sentir el Padre: «Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía (elegí), y antes que nacieses, te tenía consagrado (separado): yo profeta de las naciones te constituí»
Pablo lo expresó mejor que nadie, cuando le dice a los Efesios, y nosotros, con la ayuda de Dios, buscamos esperanzadoramente; «Conocerle perfectamente. Iluminando los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados» .
TEXTO ORIGINAL DE LOS
EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO
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14 de abril de 2002 - Jorge L.
Beléndez - belendez@caribe.net
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